"6. No más obras maestras:
Uno de los motivos de la atmósfera asfixiante en que vivimos sin escapatoria posible y sin remedio - y que todos compartimos, aun los más revolucionarios - es ese respeto por lo que ha sido escrito, formulado o pintado, y que hoy es forma, como si toda la expresión no se agotara al fin y no alcanzara un punto donde es necesario que las cosas estallen en pedazos para poder empezar de nuevo.
Debe terminarse con esta idea de las obras maestras reservadas a un círculo que se llama a sí mismo selecto y que la multitud no entiende; no hay para el espíritu barrios reservados como para las relaciones sexuales clandestinas.
Las obras maestras del pasado son buenas para el pasado, no para nosotros. Tenemos derecho a decir lo que ya se dijo una vez, y aun lo que no se dijo nunca, de un modo personal, inmediato, directo, que corresponda a la sensibilidad actual, y sea comprensible para todos.
Es una tontería reprocharle a la multitud que carezca del sentido sublime si confundimos lo sublime con algunas manifestaciones formales, que por otra parte son siempre manifestaciones muertas. Y si la multitud actual no comprende ya Edipo Rey, por ejemplo, me atreveré a decir que la culpa la tiene Edipo Rey, y no la multitud.El tema de Edipo Rey es el incesto, y alienta en la obra la idea de que la naturaleza se burla de la moral, y de que en alguna parte andan fuerzas ocultas de las que debiéramos guardarnos, ya se las llame destino o de cualquier otro modo.
Hay también en Edipo Rey una epidemia de peste, encarnación física de esas fuerzas. Pero todo está presentado de un modo y con un lenguaje que no tienen ningún punto de contacto con el ritmo epiléptico y rudo de estos tiempos. Sófocles quizás habla en voz alta, pero en un estilo fuera de época. Su lenguaje es hoy demasiado refinado, y aun parece que hablara con rodeos.
Sin embargo, una multitud que se extrema ante las catástrofes ferroviarias, que conoce los terremotos, la peste, la revolución, la guerra, una multitud sensible a las angustias desordenadas del amor puede ser conmovida sin duda por esas elevadas nociones, y sólo necesita cobrar conciencia de ellas, pero a condición de que se le hable en un mismo lenguaje, y que esas nociones no se envuelvan en ropajes y palabras adulterados propios de épocas muertas que no volverán.
Hoy como ayer la multitud ávida está ávida de misterio; sólo necesita tener conciencia de las leyes que rigen las manifestaciones del destino, y adivinar quizás el secreto de sus apariciones.
Dejemos a los profesores de la crítica de los textos, a los estetas la crítica de las formas, y reconozcamos que si algo se dijo antes no hay por qué decirlo otra vez; que una misma expresión no vale dos veces; que las palabras mueren una vez pronunciadas, y actúan sólo cuando se las dice, que una forma ya utilizada no sirve más y es necesario reemplazarla, y que el teatro es el único lugar en el mundo donde un gesto no puede repetirse del mismo modo.
Si la multitud no tiene en cuenta las obras maestras literarias es porque esas obras maestras son literarias, es decir, inmóviles; han sido fijadas en formas que ya no responden a las necesidades de la época.
No acusemos a la multitud y al público sino a la pantalla formal que interponemos entre nosotros y la multitud, y a esta nueva forma de idolatría, esta idolatría de las obras maestras fijas, característica del conformismo burgués.
Todo conformismo nos hace confundir lo sublime, las ideas y las cosas con las formas que han tomado en el tiempo y en nosotros mismos; en nuestras mentalidades de snobs, de preciosistas y de estetas que el público no entiende.
No tendrá sentido culpar al mal gusto del público, que se deleita con insensateces, mientras no se muestre a ese público un espectáculo válido -válido en el sentido supremo del teatro- desde los últimos grandes melodramas románticos, es decir, desde hace un siglo.
(...)
Hay que terminar con esta superstición de los textos y de la poesía escrita. La poesía escrita vale una vez, y hay que destruirla luego. Que los poetas muertos dejen lugar a los otros. Podríamos ver entonces que la veneración que nos inspira lo ya creado, por hermoso y válido que sea, nos petrifica, nos insensibiliza, no impide tomar contacto con las fuerzas subyacentes, ya se las llame energía pensante, fuerza vital, determinismo del cambio, menstruos lunares o de cualquier otro modo. Bajo la poesía de los textos está la poesía, simplemente, sin forma y sin texto. Y así como la eficacia de las máscaras que ciertas tribus emplean para sus operaciones mágicas se agotan alguna vez -y esas máscaras sólo sirven en adelante para los museos-, también se agota la eficacia poética de un texto; sin embargo, la poesía y la eficacia del teatro se agotan menos rápidamente, pues admiten la acción de lo que se gesticula y pronuncia, acción que nunca se repite exactamente.
El problema es saber qué queremos. Si estamos dispuestos a soportar la guerra, la peste, el hambre y la matanza, ni siquiera tenemos la necesidad de decirlo, basta continuar como hasta ahora, comportándonos como snobs, acudiendo en masa a oír a tal o cual cantante, a tal o cual admirable espectáculo que nunca supera el dominio del arte (y que ni siquiera los ballets rusos en sus momentos de mayor esplendor superaron el dominio del arte), a tal o cual exposición de pintura donde formas excitantes estallan aquí y allá, pero al azar y sin verdadera conciencia de las fuerzas que podrían despertar.
Este empirismo, este azar, este individualismo y esta anarquía deben concluir.
Basta de poemas individuales que benefician mucho más a quienes los hacen que a quienes los leen.
Basta, de una vez por todas, de esas manifestaciones de arte cerrado, egoísta y personal.(...)"*
*Capítulo 6 de "El teatro y su doble" de Antonin Artaud.
1 comentario:
Musadifusa está encantada de la ¿coincidencia? que te hizo tropezar con mis palabras, encantada de que me agregues a tu blog.
Recibe un fuerte abrazo desde México...
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